Espacio de Reflexión
Una realidad que se niega o, se quiere matizar como de costumbre, para el “engaño verdadero” que está sin respuesta:
Crecimiento del comercio informal, frente a la reducción de empresas que se dan de baja en la formalidad.
¿Es el populismo una respuesta?
El termómetro más honesto de la salud económica de un país no se mide en las promesas de campaña ni en los discursos oficiales; se mide en la mesa de las familias y en la capacidad de las empresas para mantener el sustento de sus trabajadores. Hoy, México se enfrenta a una paradoja preocupante y silenciosa: mientras las cifras macroeconómicas intentan maquillar la realidad, el terreno del empleo formal sufre una erosión sistemática, directamente vinculada a la baja en el registro de patrones.
La ecuación es tan simple como destructiva: sin patrones, no hay empleos formales, ahí, el valor de los que emprenden o, mantienen sus empresas, y aún, sin ser reconocidos, como los verdaderos impulsores del crecimiento económico en Mexico. Detrás de cada empresa que cierra sus puertas o que decide migrar hacia la informalidad, no solo se pierde un número de registro ante las instituciones de seguridad social; se pierde una red de seguridad laboral para decenas o cientos de familias.
La disminución en el padrón de empleadores responde a un entorno de asfixia multifactorial. Por un lado, la carga fiscal y administrativa sobre el sector formal se ha vuelto cada vez más pesada, operando bajo la premisa de que quienes ya cumplen deben pagar más, en lugar de ampliar la base tributaria. Por el otro, los incrementos en los costos de operación y las regulaciones laborales —que si bien buscan la justicia social— muchas veces se implementan sin el debido incentivo o periodo de transición para las micro, pequeñas y medianas empresas (MiPyMEs), que son el verdadero motor del empleo en el país.
Cuando un patrón se da de baja, el empleo formal correspondiente no desaparece por completo del ecosistema laboral, sino que muta. Se traslada a la informalidad. Este desplazamiento despoja al trabajador de derechos fundamentales: Acceso a la salud: Pérdida de la cobertura médica institucional para el empleado y sus dependientes. Igualmente, seguridad patrimonial: Incapacidad de cotizar para una vivienda digna o de construir un fondo de retiro sólido. La precarización salarial: Ingresos inestables, carentes de prestaciones y vulnerables a los vaivenes diarios del mercado, es un hecho.
Esta tendencia genera una competencia desleal y debilita el mercado interno. Las empresas que persisten en la formalidad absorben costos más altos para competir en un mercado inundado de productos y servicios informales. A largo plazo, el Estado también pierde: a menor recaudación y mayor demanda de servicios públicos de salud y asistencia por parte de una población desprotegida, las finanzas públicas se vuelven insostenibles. El dinero que se da en becas, tendría que generar riqueza por quienes están en edad productiva y, no es así.
No podemos permitirnos ver el cierre de empresas y la pérdida de patrones como un simple daño colateral de la coyuntura económica. Es una alerta roja. La destrucción de empleo formal es el síntoma; la falta de certidumbre jurídica, la excesiva burocracia y la ausencia de estímulos reales para la inversión, son la enfermedad. ¿Nos puede aniquilar? Si
Revertir este escenario requiere transitar de la fiscalización punitiva al incentivo productivo. Es urgente diseñar políticas públicas que entiendan que el empresario no es un adversario fiscal, sino un aliado estratégico en el desarrollo social. Se necesitan esquemas de simplificación administrativa reales, facilidades de financiamiento para la transición y un marco de certidumbre que invite a mantener y abrir nuevos negocios bajo el amparo de la ley.
Garantizar la estabilidad del país no pasa por subsidiar la necesidad, sino por multiplicar la oportunidad. Defender a los patrones formales es, en última instancia, blindar el empleo, la dignidad de los trabajadores y el futuro económico de la nación.
@jamiechalita


