Espacio de Reflexión
Dr. Jaime Chalita ZarurSoberanía: ¿Realidad o, distractor populista? ¿Elemento esencial para la represión, centralismo y, dictadura?
El concepto de soberanía nacional ha sido, desde la consolidación de los Estados-nación, el pilar fundamental de la libre determinación de los pueblos. En la teoría, representa el poder absoluto e incorruptible de un país para decidir su propio destino, dictar sus leyes y administrar sus recursos sin la injerencia de potencias extranjeras. Sin embargo, en el complejo y globalizado escenario del siglo XXI, cabe hacernos una pregunta incómoda pero necesaria: ¿es la soberanía una realidad palpable o se ha transformado en un eficaz distractor popular?
Para desentrañar este dilema, es indispensable analizar la soberanía desde dos perspectivas implacables: la viabilidad fáctica y la utilidad política.
La soberanía en tiempos de globalización
Hoy en día, la soberanía absoluta es, por decir lo menos, una quimera. Ninguna nación, por poderosa que sea, opera en el vacío. Vivimos en un entramado de interdependencias donde los tratados comerciales (como el T-MEC), el derecho internacional, los mercados financieros globales y los desafíos transnacionales —como la seguridad y el cambio climático— imponen límites reales a las decisiones de cualquier gobierno.
Someterse a reglas compartidas no es necesariamente una pérdida de soberanía, sino una evolución de la misma: se cede un margen de aislamiento a cambio de inserción competitiva y certidumbre jurídica. Por lo tanto, la soberanía moderna ya no se mide por el aislamiento, sino por la capacidad de un país para negociar con dignidad y fuerza dentro de la globalidad.
El uso de la soberanía como escudo y distractor
Es precisamente en la política interna donde el concepto suele sufrir sus mayores distorsiones. Históricamente, la “soberanía” ha sido el recurso retórico predilecto para encender el fervor patriótico y desviar la atención de los problemas domésticos más apremiantes.
Cuando la economía se estanca, la inseguridad desborda las instituciones o la corrupción mina la confianza ciudadana, apelar al enemigo externo o a la “defensa de la soberanía” funciona como una cortina de humo magistral.
Al nacionalismo exacerbado le urge construir antagonistas. Bajo esta lógica, cualquier crítica legítima a las políticas públicas, cualquier exigencia de transparencia o cumplimiento de acuerdos internacionales, es catalogada de inmediato por el discurso oficial como un atentado contra la patria. Así, un concepto noble se abarata, convirtiéndose en un distractor de consumo popular que divide en lugar de unir.
Hacia una soberanía verdadera
¿Para qué debe servir la soberanía hoy? No para aislar al país, ni para justificar el desacato a la ley, y mucho menos para polarizar a la sociedad.
La soberanía verdadera no se grita en los discursos; se demuestra en los hechos. Un país es verdaderamente soberano cuando:
Goza de claridad e instituciones legales fuertes que nadie puede corromper.
Ofrece seguridad universal a sus ciudadanos y certeza jurídica a quienes invierten en su tierra.
Posee un sistema educativo y de salud robusto que disminuye la dependencia tecnológica y social del exterior.
La soberanía es real, pero solo cuando se traduce en la fortaleza interna de una nación. Cuando se reduce a mera retórica electoral o a un escudo para evadir responsabilidades, deja de ser un principio de libertad y se convierte en un distractor popular. La auténtica defensa de la soberanía no consiste en cerrarle las puertas al mundo, sino en ordenar la casa propia para salir a competir en él con la frente en alto. Que lejos estamos de ello.
Hemos caído históricamente en los egos y mezquindades de quienes gobiernan.
@jamiechalita


